Por qué en Vigo la cinta dura menos que en el interior
La cinta de persiana es una banda textil tejida y en una ciudad con 1.791 mm de lluvia al año repartidos en unos 129 días (AEMET, Vigo Aeropuerto, 1981-2010) trabaja prácticamente siempre con humedad dentro de la fibra. Eso tiene dos consecuencias concretas. La primera es dimensional: la cinta mojada se hincha y gana grosor, de modo que al enrollarse ocupa más de lo previsto y roza contra el cuerpo del recogedor o contra el borde de la salida del cajón. La segunda es química: el aire de la ría arrastra aerosol marino hasta el interior del cajón, y esa sal cristaliza entre los hilos y actúa como un abrasivo fino cada vez que la cinta corre.
A eso se suma un ciclo diario muy marcado en la ciudad: la cinta se moja con la lluvia y la niebla, y luego se seca a medias cuando entra el sol. Ese vaivén de hinchado y secado va abriendo la trama, y explica que el deterioro empiece siempre por el mismo punto, el canto de la cinta, con esos hilos sueltos que se ven mucho antes de que llegue la rotura.
Por eso el aviso habitual no es que se haya roto de golpe, sino que llevaba tiempo deshilachándose. Cuando aparecen los primeros hilos, la cinta ya ha perdido buena parte de su resistencia a tracción y le queda poco recorrido. En viviendas de Bouzas, Alcabre, Navia o O Berbés, y en general en cualquier hueco con vistas al mar, ese aviso llega bastante antes que en una fachada resguardada de Bembrive o Candeán.






